Érase una vez corridas de toros en Filipinas...
Pero antes de eso, elogiamos en primer lugar los esfuerzos de Vibal Group por publicar un libro sobre un raro aspecto hispano en la historia de nuestro país. Este libro al que nos referimos se llama «Bullfighting in the Philippines» (La Tauromaquia en Filipinas) y fue escrito por el propio zar de la compañía, Gaspar «Gus» Vibal.
La tauromaquia es una competencia física en la que un torero intenta someter, inmovilizar, o matar a un toro y se practica en España, Portugal, el Mediodía francés (el Midi), México, Colombia, Ecuador, Venezuela, y Perú. Pero no se sabe que se practicaba también en Filipinas, hasta hace poco, cuando las fotos de tauromaquia en Manila, particularmente en el llamado «Sunken Garden» (jardín hundido) en Intramuros, comenzaron a difundirse en las redes sociales, particularmente aquí en Facebook.
Pero hay otra historia, quizás apócrifa, que no llegó al libro del Señor Vibal. Esta historia trata sobre un restaurante exótico en el arrabal de Paco donde servía carne de toro, es decir, la carne de todos los pobres toros que se mataban en la tauromaquia, y cómo el Palacio de Malacañán lo cerró porque enfureció a un cliente poderoso. Paco fue escenario de tauromaquias regulares durante la época española. Y el restaurante exótico allí tenía un visitante habitual: el mismísimo Gobernador General, el poderoso hombre de Malacañán que lo cerró. Esto es lo que sucedió...
Este Gobernador General, a quien no nombraremos, tenía un favorito en ese restaurante: testículos hervidos de toro servidos en sopa. Se decía que era afrodisíaco. Los testículos del toro eran más grandes que un huevo de gallina y se decía que eran suculentos. Cada semana, este Gobernador General iba a este restaurante en Paco para tomar su exótica sopa.
Un día, después de una corrida muy bien recibida, y habiendo escuchado que el toro que participaba en la tauromaquia era grande, el Gobernador General visitó de inmediato el restaurante, emocionado de que le sirvieran un par de gigantescos testículos de toro. Cuando llegó su sopa, se horrorizó al ver que los testículos eran bastante pequeños, de hecho, casi tan pequeños como un huevo de codorniz. Le preguntó al camarero.
—Señor camarero, —dijo el Gobernador General— ¿por qué estos huevos son notoriamente pequeños?
Con una sonrisa de disculpa en su rostro, el camarero respondió: —Lo siento, Su Excelentísimo, pero esta vez, fue el torero el que murió. 


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